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Teología de la usura

“A pesar de ciertas apariencias en contrario, la deuda continúa siendo un obstáculo principal en el camino hacia un desarrollo sostenido que asegure la prosperidad de la población y la justicia en la distribución de la renta nacional”, dijo el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, al mencionar “el caso de la República Argentina, que suele ser señalada como un ejemplo reciente de feliz renegociación de su deuda pública”. Durante su intervención en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo de Justicia y Paz, realizada el pasado 20 de noviembre en el Vaticano, el prelado recordó que en la encíclica Populorum progressio, “Pablo VI señalaba cuáles debían ser las condiciones de la ayuda que requerían los países en vías de desarrollo. Eran pautas prudenciales, para impedir que los pueblos beneficiados con aquella ayuda corrieran el riesgo de verse abrumados de deudas cuya satisfacción absorbiera la mayor parte de sus beneficios”. Pero, lamentó que estas indicaciones “no fueron tenidas en cuenta y las previsiones del pontífice resultaron proféticas. En la década siguiente, con el auge de los petrodólares, muchos países se vieron tentados a tomar préstamos, y fueron inducidos a ello; préstamos que con el tiempo configuraron el gravísimo problema de su deuda externa”.     

En cuanto a la situación de la Argentina, el prelado explicó que “después de la declaración del 'default' a fines de 2001, el gobierno que está concluyendo su mandato ha renegociado buena parte de la deuda pública reiterando procedimientos financieros de los gobiernos anteriores. Más allá de un alivio transitorio, el problema de la deuda pública subsiste intacto, porque se ha asumido la política del endeudamiento perpetuo según la lógica de la usura”.      Y agregó: “Se mantiene un alto stock de deuda que resulta rigurosamente impagable; el país no puede atender siquiera el pago total de los intereses devengados, los cuales siguen el mecanismo de tasas crecientes y variables; estas obligaciones pesan sobre el gasto público e imponen la necesidad de mayores presiones fiscales; la totalidad de la deuda por capital se renueva continuamente, y parte de los intereses devengados es capitalizada por anatocismo (N.deR.: nombre de los intereses calculados sobre la base de los que están vencidos y no pagados). Así crece el monto de la deuda, sin contar la inercia de las indexaciones y los premios a los tenedores de nuevos bonos del canje realizado recientemente. Esta situación determina la necesidad de tomar nueva deuda, sea en el mercado de capitales, sea en los organismos internacionales de crédito”.      En ese sentido aseguró que se cumple “un círculo vicioso según el cual la carga permanente de la deuda pasa a ser un rubro estructural del gasto público del Estado. La situación configura un caso específico de usura.

Esta figura moral negativa se verifica no sólo por la imposición de intereses exorbitantes, sino también cuando el deudor se encuentra de tal modo atrapado por el mecanismo del débito que nunca dejará de ser deudor; vivirá pagando y morirá debiendo".      Al término de su alocución, el arzobispo platense advirtió que ya el Catecismo de la Iglesia Católica presenta la usura como “un pecado contra el quinto mandamiento de la ley de Dios: no matarás”. Y consideró “de máximo interés” que se retome el estudio de la deuda “desde la perspectiva de la teología de la usura, un tema clásico de la tradición católica”, porque “desde esta perspectiva podrían ofrecerse sugerencias para una reforma del sistema financiero internacional, de modo que éste sirva realmente al desarrollo de los pueblos y al establecimiento entre ellos de relaciones más justas que aseguren la paz”.     

(NuevoEncuentro 03/12/07)               

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