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Opinión

Fuentealba, Sobisch, nosotros, las víctimas     

Por Juan Carlos Sánchez   

 “Le plantaron un muerto a Sobisch” avisó a los gritos un funcionario menor de la Rosada. Revuelo, alegría mal disimulada en los bobos, preocupación en los pensantes. Al poco tiempo las caras estaban agrias: “Este se lo puede llevar al hombro a Kirchner” se escuchó decir en la cocina del segundo piso. Este era Fuentealba, el maestro. 

Fuentealba no murió con el guardapolvo blanco puesto ni la tiza en la mano, quien murió era maestro pero murió como militante. No es pequeña la diferencia. Como Teresa Rodríguez, que nada tenía que hacer hace diez años en una movilización de maestros más allá de su ideología. Como Kosteki y Santillán, que le acortaron el mandato a Eduardo Duhalde. Ninguna muerte es injustificable, todas son inevitables, es ley. Ningún homicida es justificable, sin embargo el asesino no acorta los tiempos de cada uno. El hombre es artífice de su propio destino. Decía mi padre: “Si no quieres estrellarte con tu moto, no andes en moto” y vendí mi Rumi bicilíndrica porque no quería estrellarme. No es lo mismo pero se le parece, se vive y se muere en la ley o fuera de ella pero siempre se muere en su ley.

Algunas muertes valen la pena, otras son equivocaciones, otras barbarismos de la fantasía mágica, la de este gobierno de improvisados de último momento con dolores de tripas escondidas en largas vacaciones en El Calafate. La de Fuentealba es una de estas últimas, como las de los chicos abortados, las de los viejos abandonados, las de los pibes desnutridos o las de los desesperanzados. Cortaron la ruta para protestar defendiendo sus derechos allá en Neuquén y violaron los derechos constitucionales de todos sus conciudadanos. Buena gente, maestros, que enseñan en, como se llame ahora -en mis tiempos era Educación Cívica o Educación Democrática-, el arte de la convivencia. Buena gente que delinquía en nombre de sus derechos. Algo común en un país donde con el beneplácito del gobierno y el financiamiento oficial se cortan rutas internacionales y se provocan pérdidas monumentales a un país hermano, el Uruguay. Algo no común en la provincia del presidente de la Nación, pero es la excepción: allí debe haber calma siempre aunque sea utilizando a los malditos uniformados.

Algo común en un país confuso donde todo vale. Cortaron la ruta, delinquieron y murió Fuentealba. Lo siento, lamento escribirlo, no murió el maestro, murió el delincuente. Sin embargo, admitámoslo, es un mártir de esta democracia que padecemos en la cual un maestro muere delinquiendo y es levantado como bandera y otros delincuentes cobran sus salarios y los retornos de sus negociados y quizá mueran en sus camas con asistencia médica adecuada y el auxilio de la santa religión y no porque sean buenos ni siquiera mejores, sino porque no tienen los cojones necesarios para salir a delinquir protestando por sus derechos. 

Y entones aparece la infame derecha asesina como responsable. Estamos en campaña, conciudadanos… La derecha mata, la izquierda orina agua bendita. ¿Qué izquierda? ¿La de los Rolex y las pilchas caras? ¿La de los autos importados? ¡Vamos! ¡No sean mentirosos! Son poses nada más, el maquillaje, la cobertura de chocolate del postre. Son burgueses idiotizados, nada más y no es insulto, es dato; o son vivos que viven del zonzo mientras el zonzo vive de su trabajo cuando lo tiene. Son los mismos de la Unión Democrática del tiempo de Braden o Perón. 

Fuentealba es una víctima, es uno de los mártires, dio su sangre y su vida, entró a la historia sin ser modélico. Si en esta nota acompaño el sentimiento traiciono mi profesión de periodista.

¡Claro que me duele la muerte de Fuentealba! ¡Claro que desearía que no hubiera muerto! Pero no caeré en la tentación facilista de ensalzarlo, de justificarlo o de justificar un día sin clases en todo el país, un país que carece de educación porque los medios de prensa pagados por el gobierno y los planes de estudios diagramados en el despacho de Filmus y sus segundones mienten en sus informaciones y sus contenidos solamente para satisfacer a minorías marginales. Sobisch es otra víctima, es otro de los mártires, un hombre tan preocupado por ser presidente de la Nación que dejó de ocuparse de su trabajo de gobernador y se permitió el lujete de confiar en su Jefe de Policía sin supervisarlo y este a su vez dejó que un procesado integrase las fuerzas del orden público.

Sobisch, que hizo lo que debía hacer: Reimplantar el orden social y la cosa le salió mal. No quiso adherir a la teoría del dejar hacer, dejar pasar del gobierno nacional. No quiso ser otro Kirchner (fuera de su provincia, por supuesto) u otro Obeid (cuando un vivo y seis pibes cortaban el tránsito en una avenida troncal de la ciudad inundada y él, gobernador, gritaba a los cuatro vientos acuosos que mientras fuera gobernador no habría represión -ni ley, tendría que haber agregado-). 

Las otras víctimas, los otros mártires somos los casi cuarenta millones de anónimos. Falta un monumento en la Argentina: A los mártires anónimos. Allí estaremos todos (ojo, menos algunos… Y hay que cuidarse de esos porque son los que venderán el monumento… si los dejamos). Somos los que vivimos en el caos republicano, los que leemos las cifras del INDEX y las comparamos con los precios de las góndolas, los que sabemos nada del Che Guevara y estamos obligados a consumirlo, los que queremos orden y paz y no entendemos por qué quienes nos gobiernan, nacidos en el mismo suelo bajo la misma bandera, no procuran lo mismo.Nosotros, los confundidos. Amigos, esta es una mala hora de la patria y no hay atril que la disimule.  Les pido una oración por Fuentealba, para que resucite, es Pascua, hay esperanza; por Sobisch, para que no lo sirvan en la mesa a la naranja y por nosotros, para que aprendamos a ser Nación.  

www.politicaydesarrollo.com.ar 11-Apr-2007  

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